Carta abierta a mi pueblo: que la papelera no se pierda

HOY 14:13:54 | 1050 LECTURAS | LOCALES

Escribe Fernando Sauer.

Viví en Tornquist de muy chico. Fui a la Escuela Rural N.º 13, sobre la Ruta 33, y cursé la secundaria en el pueblo. Mi viejo trabajaba en uno de los campos cercanos y, aunque Tornquist es una ciudad, nosotros siempre le dijimos «el pueblo».

Para quienes vivíamos allí, conseguir un trabajo en la papelera era casi salvarse. Cualquier trabajador rural que tuviera la posibilidad de acceder a un puesto en la fábrica no lo pensaba dos veces. Los ingresos eran mejores y las condiciones laborales también representaban una diferencia importante.

Lo digo especialmente para quienes, desde una mirada simplista, proponen como solución que Tornquist desarrolle más infraestructura turística o genere más trabajo en el campo. Por supuesto que el turismo debe desarrollarse y que la actividad agropecuaria es fundamental para la región. Pero no nos engañemos: históricamente, los salarios del sector turístico y agropecuario han sido inferiores a los del sector industrial. ¿Conocen algún país desarrollado que no tenga una industria fuerte?

Hace muchos años que no vivo en Tornquist, pero soy de ahí. Tornquist fue mi lugar, mi infancia y mi adolescencia. Por eso, leer durante toda esta semana sobre el difícil momento que atraviesa mi pueblo me entristece profundamente.

Quizás muchos estén descubriendo ahora que nada es apolítico. Que las políticas de Estado que promueve un gobierno tienen un impacto directo en la vida cotidiana y en los hogares de cada uno. Tal vez la frase «gobierne quien gobierne, yo me tengo que levantar y trabajar todos los días» empiece a perder sentido frente a una realidad dolorosa. Porque no, no es lo mismo quién gobierna. Importan las ideas, importan las decisiones y sus consecuencias.

Quizás ahora sea momento de escuchar más las propuestas y discutir las ideas, en lugar de limitarse a atacar a un candidato o a una persona. Discutir proyectos, modelos de país y políticas económicas, no personas.

¿Vieron lo que pasa cuando se defiende la libre importación con el argumento de que así podemos comprar unas zapatillas unos pesos más baratas?

Quienes sostienen que esto ocurre porque los empresarios argentinos no saben competir, y que durante los gobiernos llamados populistas pescaban en una pecera, tal vez ahora puedan comprender que el problema es bastante más complejo. No se trata solamente de la capacidad de los empresarios: también importan las condiciones macroeconómicas en las que deben producir. Cuando el dólar está barato y nuestra economía pierde competitividad, producir en Argentina se vuelve mucho más difícil frente a los productos del exterior.

Con el turismo ocurre algo parecido. Durante años, los extranjeros venían a gastar sus dólares o euros en nuestro país porque, además de tener un territorio maravilloso, Argentina resultaba económicamente conveniente. Hoy, un español, un francés o un estadounidense puede sorprenderse al descubrir cuánto cuesta comer o comprar determinados productos acá.

Dicho esto, y suponiendo que de las adversidades también podemos aprender para construir un futuro mejor, hay algunas preguntas que quisiera hacer públicas:

¿Qué va a pasar con la planta instalada sobre la Ruta 33? ¿Qué va a pasar con los 160 trabajadores que hoy quedan afectados por el cierre, cuando en otras épocas la papelera llegó a emplear a más personas? ¿Podrán el municipio y la provincia, con el acompañamiento de otros organismos, articular alguna solución?

Porque no se pierde solamente una fuente de trabajo. Se pierden oficios, experiencia, conocimientos técnicos y trabajadores calificados que llevaron años de formación. Trabajar en la papelera no era moco de pavo. Ese saber tiene un valor que no podemos desperdiciar.

¿Se pensó en la posibilidad de formar una cooperativa de trabajadores que pueda utilizar la infraestructura existente y recuperar la producción? ¿Una empresa en la que los propios empleados sean los propietarios y quienes tomen las decisiones?

¿Suena demasiado zurdo? ¿Desde cuándo la posibilidad de que los trabajadores sean dueños de los medios con los que producen debería descartarse de antemano?

¿Por qué no pensar en una comunidad que se organice para buscar soluciones? El INTI, las universidades, como la Universidad Nacional del Sur y la Universidad Nacional de La Plata —de la cual conozco su participación en distintos proyectos de recuperación de plantas productivas y fuentes de trabajo—, junto con el municipio y la provincia, podrían articular conocimientos, recursos y voluntades para estudiar la posibilidad de volver a poner en marcha esa fábrica.

Podría pensarse en una planta destinada al reciclado de papel y cartón de las localidades de la región, la fabricación de envases y otros productos, o incluso en un espacio industrial donde convivan distintas actividades productivas.