Diego Ureta, 50 años siendo parte de la historia de la Doma de Pigüé
A punto de cumplir 80 años, el vecino recuerda medio siglo de presencia ininterrumpida en una fiesta que vio nacer, crecer y transformarse.
El próximo 1º de marzo, Diego Ureta cumplirá 80 años. Y si hay algo que atraviesa gran parte de su vida es su relación con la Doma de Pigüé, a la que asiste de manera ininterrumpida desde 1975. Son 50 años consecutivos siendo testigo y protagonista silencioso de uno de los eventos tradicionales más importantes de la región.
“Cuando empecé a ir, esto era muy distinto. Era un solo día de doma, no había palco, no había estructuras. Era jineteada nomás”, recordó Diego. En aquellos primeros tiempos, el evento tenía un carácter completamente austero: una cantina armada con tablones, bebidas enfriadas con barras de hielo colocadas en recipientes improvisados y un entorno natural sin comodidades.
De jinete a testigo privilegiado
La pasión de Diego por la doma comenzó mucho antes de convertirse en asistente habitual. A los 12 años se subió por primera vez a un caballo en una jineteada y continuó montando hasta los 18. “Empecé muy chico, en domas de la zona, y después seguí yendo siempre, aunque ya no montaba”, contó.
Con el paso de los años, fue conociendo a innumerables jinetes, organizadores y trabajadores del ambiente. Muchos de ellos ya no están, pero forman parte de los recuerdos que Diego conserva con claridad. “Pasó muchísima gente. Hay muchos que ya no están, pero hoy también hay jinetes jóvenes muy buenos, la tradición sigue viva”, expresó.
El crecimiento de una fiesta popular
Desde aquellos comienzos sencillos, la Doma de Pigüé fue creciendo año tras año. Diego fue testigo del cambio: de una jornada aislada de jineteada a un evento de varios días, con infraestructura, escenario, jurados, premios y una convocatoria masiva.
“Antes no había nada de lo que hay ahora. Hoy es una fiesta grande, viene muchísima gente de todos lados”, destacó. Incluso recordó que en los primeros años, el “palco” era poco más que un vehículo estacionado y que la organización se apoyaba casi exclusivamente en el esfuerzo de quienes participaban.
Veinte días en el predio: una vida armada con experiencia
Cada enero, Diego se instala durante alrededor de 20 días en el predio cercano a la laguna. Con la experiencia de décadas, arma su campamento como si fuera su propia casa. Llega con camioneta y carro, transportando cocina, freezer, mesa, agua y todo lo necesario para una estadía prolongada.
“Estoy como en mi casa, tengo todo armado”, explicó. Junto a su esposa Marta, organiza la vida diaria, la comida y recibe visitas constantes de amigos y conocidos que llegan desde distintos puntos de la región. Churrascos, guisos, tortas fritas y largas charlas forman parte de la rutina.
“Siempre hay gente que viene a saludar, amigos de muchos años, de distintos lugares. Es como un punto de encuentro”, señaló.
La experiencia frente al clima y el paso del tiempo
El clima no siempre acompaña, y Diego recordó jornadas marcadas por lluvias intensas y fuertes vientos que pusieron a prueba a muchos acampantes. “El agua no me preocupa tanto, el viento sí. Pero ya sé cómo armar todo, tengo experiencia”, dijo.
Gracias a esa experiencia, su campamento suele convertirse en refugio para otros asistentes durante los días de calor intenso o lluvias. “Cuando hay mucho sol o mal tiempo, la gente se arrima, comparte la sombra o un mate”, relató.
Una vida de trabajo y pertenencia
Además de su vínculo con la doma, Diego repasó su extensa trayectoria laboral como empleado municipal. Participó en obras y trabajos en distintas dependencias y espacios públicos, siempre formando parte de cuadrillas municipales. Se jubiló a los 65 años y ya lleva cerca de 15 años como jubilado.
“Trabajé muchos años y pasé por varios lugares. Hoy disfruto de esta etapa y de poder seguir viniendo”, expresó.
Un legado que continúa
A punto de cumplir 80 años y con 50 ediciones consecutivas de la Doma de Pigüé en su historia personal, Diego Ureta representa a una generación que construyó, acompañó y sostuvo las tradiciones populares de la región.
“Mientras tenga salud, voy a seguir viniendo”, aseguró. Su presencia, discreta pero constante, es parte del paisaje del festival y un testimonio vivo del crecimiento de una fiesta que sigue reuniendo a familias, amigos y amantes de la tradición.





